viernes, 1 de mayo de 2015

Katmandú no da abasto para incinerar a sus muertos.

El humo de las piras funerarias rodea el templo de Prashupatinath, en las afueras de Katmandú. Sus sacerdotes normalmente ofician una veintena de ritos mortuorios al día. 

El terremoto del sábado que ha dejado más de 5.000 muertos ha multiplicado esta cifra, hasta el punto de que ya han perdido la cuenta. Apenas terminada una cremación, las cenizas se entregan rápidamente al río Bagmati. Hay otro cuerpo esperando.



En una hora se han acumulado una decena de cadáveres. Uno de ellos es el de Suklal Bika, de 19 años, que deja una viuda de 18 años, Bimala, una hija de 11 meses y otro bebé en camino. Había acudido a pedir empleo a un hostal cuando el terremoto derrumbó el edificio y quedó sepultado. Un equipo de militares nepalíes recuperó su cuerpo cerca de la estación de autobuses de Gongabu. Por falta de identificación, permaneció en la morgue durante tres días hasta que un soldado activó el teléfono del muchacho y contactó con su familia.


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